El vestíbulo principal estaba en desorden. La señora Catarina, abatida, estaba sentada en un sillón, con las manos temblorosas y los ojos enrojecidos de tanto llorar. Dos criadas intentaban calmarla, ofreciéndole té y palabras de consuelo que apenas llegaban a los oídos de la anciana.
Cuando se abrió la puerta y Fernando apareció con Natália en brazos y el rostro endurecido, un silencio sepulcral se apoderó de la casa. Las criadas retrocedieron instintivamente, sin saber si ayudar o huir.
Catar