Capítulo 28 —La llamadaEl silencio que siguió a la tormenta contra el ventanal era espeso, saturado por el olor del se*xo y la adrenalina. Enrico mantenía a Alessia suspendida contra el cristal, con su frente apoyada en el hombro de ella, sintiendo cómo el corazón de la chica golpeaba contra su pecho como un pájaro enjaulado. El cristal, empañado por el calor de sus cuerpos y el vaho de sus respiraciones agitadas, era lo único que que los acompañaba en la habitación.Enrico la bajó con una lentitud casi perezosa, disfrutando de la fricción de su piel contra la suya por última vez. Sus ojos, oscuros como el azabache, brillaban con una satisfacción insolente. Como buen siciliano, la conquista para él era una cuestión de honor y territorio. Se sentía invencible. Había tomado a la hija del enemigo, la había reclamado contra el cielo de Roma y ella le había respondido con una voracidad que ni él mismo esperaba. Esa noche, él no era solo un Don, era un dios en su propio Olimpo.—Iré por alg
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