Lia bajó las escaleras del brazo de Vicco, y Mariza fingió molestarse.—¡Llegaron sin saludar a los mayores, qué falta de educación!Lia se arrimó a ella con una sonrisa encantadora.—Mami, ya sé, perdóname.La señora Santori rio con buena cara.—Ay, no hace falta, si ya son de la familia, ¿para qué tantos protocolos?Vicco también intervino.—Señora Mariza, no la regañe, fui yo quien la llevó a dar la vuelta.—Está bien, está bien, ya no digo nada —rio Mariza—. Con tantos que la defienden, ¿cómo voy a meterme con mi princesa?Lia se puso roja.—Mami, no exageres.Los invitados que observaban la escena no tardaron en sacar sus conclusiones: la unión entre los Santori y los Quiroga era cuestión de tiempo. La propia señora Santori los había reconocido públicamente como familia, y Vicco y Lia se veían enamorados. Cierto que ella todavía era joven, pero era guapa y de buenos principios; con el tiempo, sería la nuera perfecta de los Santori sin que nadie pudiera disputárselo.Y si los Quir
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