Estaba ahí parada, atónita, los dedos clavados en el bolso con tanta fuerza que se le habían puesto blancos. Sus ojos no parpadeaban: miraban fijo a Edgar y a Brenda. Qué pareja tan ideal: él apuesto, ella bella. Seguro se casarían pronto, ¿no? Pero si Edgar ya había tomado su decisión desde antes, ¿para qué se molestó en jugar con ella? En incontables sueños a medianoche veía a Edgar a su lado: enseñándole a disparar, entrenando con ella, paseando los dos, recibiéndola cada vez que volvía victoriosa. Le acariciaba la coronilla con una sonrisa, tan tibio como el atardecer en Los Ángeles. Le decía: “Noelia, lo hiciste muy bien”. La compañía día tras día la fue absorbiendo. Quería ser mejor cada vez para ganarse su aprobación y sus elogios, llegar a la cima, plantarse a su lado a la luz del día sin nada que esconder. Edgar le decía que pronto tendría su propio nombre, su identidad, y estarían juntos para siempre. Le creyó. ¿Y luego qué? Luego Brenda la lanzó a Azmar, sin que qued
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