Había cosas que Oliver no podría sanar jamás. Todos los que habían dañado a su madre ya no estaban en el mundo. Solo quedaba el padre, ese sujeto con quien compartía sangre, a quien guardaba un rencor profundo pero contra quien ya no podía hacer nada más.
Alina no entendía por qué le contaba todo esto, pero le dolía. Este tipo que parecía poder con todo cargaba, en lo más hondo, unas heridas que nunca habían dejado de sangrar.
Lo rodeó con los brazos en silencio, despacio, como si consolara a