Sami Santori le dio unas palmaditas en la cara.
—Ya párale, suelta ese cuchillo. ¿A poco te atreverías a matar a alguien? ¿A quién intentas asustar?
Alina abrió los ojos muy despacio. Sus pupilas, que siempre habían sido claras y limpias, ahora se veían oscuras, sin rastro de la confusión y debilidad de hace un momento. Su mirada era dura, implacable, observándolo como si ya fuera un cadáver.
Sonrió, lo que le tiró de las heridas en la cara. Hizo una mueca de dolor, pero no dejó de sonreír.