El ático de Margaret Sterling en la Quinta Avenida olía a té de bergamota y a dinero antiguo. Era un santuario de mármol y silencio, muy por encima del caos de Nueva York.Antes de que las puertas de caoba del salón principal se abrieran, Adrián me acorraló contra la pared del pasillo. Sus manos, envueltas en guantes de cuero oscuro, se posaron en mi cintura. La tensión en su mandíbula era evidente; odiaba estar en territorio enemigo, pero confiaba ciegamente en mi mente corporativa.—A la menor señal de una trampa, te saco de aquí y quemo este edificio —murmuró, sus labios rozando la comisura de mi boca, destilando una posesividad letal y embriagadora—. Eres mi vida, Elena. No voy a arriesgarte.—Hoy no somos la presa, mi amor —susurré, acariciando la fría seda de su corbata, devolviéndole el beso con una intensidad que lo hizo gruñir en voz baja—. Hoy somos el verdugo. Solo acompáñame y observa cómo se derrumba su imperio.Cuando el mayordomo nos anunció, Margaret Sterling no se inm
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