A las nueve de la mañana del día siguiente, el hospital privado Santa Elena parecía más frío y aséptico que nunca. Había pasado la noche en vela, con las revelaciones de Adrián repitiéndose en mi cabeza como una película sin final. Apenas dormí dos horas. Mi mente no dejaba de ver la cara destrozada de Adrián al contarme lo del accidente, el informe falso y la mano de mi padre en todo aquello.Matilde me acompañó hasta la entrada del hospital. Adrián quiso venir, pero le pedí que no lo hiciera. Esta confrontación tenía que ser solo entre mi padre y yo.—Señora Varela —me saludó la enfermera jefe con respeto—, su padre está más estable hoy, pero sigue débil. Por favor, no lo altere demasiado.Asentí sin decir nada y entré sola a la habitación de la UCI.Mi padre estaba semi incorporado en la cama, con más color en el rostro que la última vez, pero todavía conectado a varios monitores. Cuando me vio, intentó sonreír, pero la sonrisa se le congeló al notar mi expresión.—Elena… hija. Ven
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