24. La trampa de terciopelo
Cuando Marcel y Giselle llegaron a casa, se encontraron con un comedor iluminado exclusivamente por velas, con música de cuerdas suave sonando de fondo y una mesa servida para dos.—¿Qué es todo esto? —preguntó Marcel, deteniéndose en seco.Justo entonces, Víctor Roch apareció al final de la escalera, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.—Espero que disfruten la noche —dijo el patriarca con voz aterciopelada—. He pedido que preparen la habitación principal. No quiero más intervenciones médicas por ahora. Quiero resultados.Giselle sintió que la sangre se le helaba. La incomodidad era tan palpable que podía cortarse con un cuchillo. Marcel, por su parte, se tensó, pero mantuvo la compostura ante la mirada vigilante de su padre.—Padre, creo que esto es innecesario —objetó Marcel, aunque el brillo de advertencia en los ojos de Víctor lo obligó a callar.—Es necesario —sentenció Víctor—. Suban.Una vez que estuvieron solos, fuera de la vista de Víctor, el tono de Marcel cambió por co
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