No hubo una señal de inicio, ni un grito de guerra; simplemente, la paciencia de la criatura se evaporó y el aire fue sustituido por el silbido cortante de sus alas de murciélago abriéndose con la fuerza de un vendaval. Silas, esa masa amorfa de pesadilla y ónix, se impulsó desde su trono de escombros con una potencia que pulverizó las piedras bajo sus pies, convirtiéndose en un borrón de color gris ceniza y sombras violáceas. El primero en reaccionar fue Zack, cuyo instinto de Alfa Negro le permitió interceptar la trayectoria de la bestia, pero el choque fue similar a chocar contra una montaña en movimiento. Zack, transformado en su forma más letal, hundió sus garras en el torso de la criatura, buscando carne que desgarrar, pero sus dedos solo encontraron una superficie coriácea y fría que repelió el ataque como si fuera acero blindado. Silas, con una agilidad que su tamaño no sugería, giró sobre su propio eje y golpeó a Zack con el dorso de su mano derecha. Las garras de ónix dejaro
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