Víctor sube al auto sin decir una sola palabra más, cerrando la puerta con un golpe seco que resuena en el silencio que queda entre nosotros. Apenas se acomoda en su asiento, el motor ruge y el vehículo arranca levantando polvo del suelo árido. No puedo evitar girarme. Miro hacia atrás. El pequeño sigue ahí, cada vez más lejos, más pequeño… con los ojos brillosos, levantando su mano en un gesto torpe pero lleno de algo que me aprieta el pecho. Levanto la mía también, despidiéndome en silencio aún que no pueda verme, me trago el nudo que se forma en mi garganta. —Entregas una de las bodegas de tu prometido… por un niño que se olvidará de ti en unos días —dice Víctor, con ese tono frío que parece no cambiar nunca—. Ni siquiera te lo agradecerá. Su voz es firme, casi aburrida, como si hablara de números y no de personas. Aprieto los labios, pero no dejo de mirar por la ventana. —No importa —respondo, sin apartar la vista del camino—. Mi corazón está en paz. Ayudé… y eso
Leer más