La luz del lunes entró con una suavidad inusual en la habitación, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. Me desperté antes que ella, como siempre, pero esta vez no salté de la cama para ponerme las botas de bombero. Me quedé observándola, con su cabello rojo desparramado como una mancha de vino sobre mi almohada blanca. Me incliné y deposité un beso lento, profundo, en la comisura de sus labios.Maya soltó un ronroneo perezoso y abrió los ojos, esos ojos verdes que todavía guardaban el brillo de la rendición de la noche anterior.—Buenos días, cavernícola —susurró, estirando sus brazos sobre su cabeza con la gracia de un felino—. ¿Ya te vas a salvar el mundo?—He pedido parte de la mañana libre,
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