El auto avanzaba por la carretera oscura como una flecha disparada hacia el corazón del peligro. William tenía las manos agarradas al volante con una fuerza que blanqueaba sus nudillos, y su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en piedra.
A mi lado, en el asiento del copiloto, sentía cómo la adrenalina me quemaba las venas. No era miedo. No era valentía. Era algo más primitivo. Algo que no sabía nombrar.
—Cuéntame todo. —Dijo William, sin apartar la vista de la carretera. —Todas las a