El silencio en la sala de juntas era absoluto después de que la puerta se cerró detrás de Harrison. Los miembros de la junta directiva permanecían inmóviles, como estatuas de sal, procesando lo que acababan de presenciar. Sus rostros eran un mosaico de emociones: incredulidad, miedo, alivio, y en algunos casos, un respeto renovado que no había visto antes. Sabían que acababan de ser testigos de un cambio de régimen, de una purga necesaria, pero también comprendían que el precio de la lealtad a Harrison podría haber sido su propio puesto.El abogado, un hombre de mediana edad llamado Richard Thompson, se levantó y se acercó a mí con pasos firmes. Llevaba un traje impecable y una expresión de profesionalismo que ocultaba la tensión del momento.—Señor Winchester —dijo, con voz calmada—. He preparado los documentos para el despido de Harrison. También he contactado con las autoridades, como me pidió. Habrá una investigación formal sobre sus actividades.—Gracias, Richard —respondí, sinti
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