El reloj de la mesilla marcaba las tres de la madrugada cuando me desperté con el corazón acelerado y la frente cubierta de sudor. Había soñado con Isabel. No con la Isabel que habíamos visto en Miami, frágil y arrepentida, sino con otra Isabel. Una Isabel de ojos negros y sonrisa cruel, sentada en un trono de huesos mientras señalaba con el dedo a Lucy, que lloraba desconsolada en un rincón oscuro. El sueño había sido tan vívido, tan real, que aún podía sentir el eco de los gritos de la niña resonando en mis oídos, aún podía ver la sombra alargada de Isabel proyectándose sobre las paredes como un monstruo de otra época.A mi lado, William dormía profundamente, con el brazo todavía rodeando mi cintura y la respiración pausada. La luz de la luna entraba por los ventanales, bañando su rostro en un resplandor plateado que hacía que pareciera más joven, más vulnerable, más humano. Quise despertarlo, contarle la pesadilla, buscar en su calor la seguridad que mis sueños me negaban. Pero no
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