El reloj de la mesilla marcaba las tres de la madrugada cuando me desperté con el corazón acelerado y la frente cubierta de sudor. Había soñado con Isabel. No con la Isabel que habíamos visto en Miami, frágil y arrepentida, sino con otra Isabel. Una Isabel de ojos negros y sonrisa cruel, sentada en un trono de huesos mientras señalaba con el dedo a Lucy, que lloraba desconsolada en un rincón oscuro. El sueño había sido tan vívido, tan real, que aún podía sentir el eco de los gritos de la niña r