No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, quizá. Horas, tal vez. El tiempo se había vuelto difuso, elástico, como la goma de mascar que los niños estiran hasta romperla. Lo único real que sentía era el dolor. Y el miedo.Entonces oí una voz. Lejana al principio, luego más cerca. Un hombre. Gritando.—¡Señora! ¡Señora, ¿me oye?Parpadeé. Intenté enfocar la mirada. Un rostro desconocido, enmarcado por una gorra azul con el escudo de los servicios de emergencia, apareció frente a mí.—¡Señora, no se mueva! ¡Ya vamos a sacarla de ahí!Quise decirle que estaba bien, que no me había roto nada, que solo necesitaba un momento para recuperar el aliento. Pero las palabras no salían. Solo podía mirarlo, con los ojos muy abiertos, mientras el mundo seguía girando a mi alrededor.El paramédico trabajó con rapidez, cortando el cinturón de seguridad, retirando los restos del airbag, estabilizando mi cuello con un collarín de espuma. Sus manos eran firmes, seguras, pero en sus ojos vi algo que no me gustó.
Leer más