El tercer día en la isla amaneció con un cielo tan despejado que parecía pintado a mano, sin una sola nube que empañara el azul infinito que se extendía sobre nuestras cabezas. El sol se reflejaba en la superficie de la piscina como un millar de diamantes líquidos, y el aroma a azahar y a salitre se mezclaba en el aire con la promesa de una jornada perfecta. William dormía aún a mi lado, con el brazo todavía rodeando mi cintura y la respiración pausada, como si el mundo exterior no existiera, c