La lluvia cayó sobre Manhattan durante toda la noche, como si el cielo quisiera lavar los pecados de la ciudad antes del encuentro que cambiaría nuestras vidas. Los cristales del penthouse se empañaron con la humedad, y las luces de los rascacielos parpadeaban al otro lado como estrellas borrosas en un universo de niebla. William no durmió. Lo supe porque cada vez que abría los ojos en la oscuridad, lo veía sentado en el sillón junto a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte y el telé