Los días que siguieron al regreso de Miami fueron extraños. No porque algo hubiera cambiado, sino porque todo parecía haberse detenido en una calma tensa, como si el mundo entero contuviera la respiración a la espera de un desenlace que no terminaba de llegar. Isabel había firmado los papeles del divorcio la misma noche que volvimos a Nueva York, enviándolos por mensajero a la oficina de Harrison con una nota que decía simplemente: "Cumplo mi palabra. No me arrepiento. Isabel." William los leyó