122: El Silencio que Habla.
El hospital cantonal de Ginebra desprendía ese olor característico a antiséptico y a flores marchitas que Isabel conocía demasiado bien. Había pasado demasiadas horas en demasiadas salas de espera como para no reconocerlo. Cuatro años atrás, cuando fingió su muerte, había imaginado este momento cientos de veces. Volver a sentarse junto a la cama de William, con sus manos entrelazadas, con su mirada fija en su rostro pálido, esperando a que abriera los ojos. Pero en sus fantasías, él la recibía