Tres días después del golpe, el médico autorizó a William a levantarse de la cama. No sin precaución, no sin advertencias, pero sí con la esperanza de que el movimiento y la luz natural ayudaran a su cerebro a recuperar los recuerdos perdidos. Isabel lo ayudó a ponerse de pie, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo el peso de su propia debilidad, cómo sus piernas apenas lo sostenían después de tantos días en la misma posición. Se apoyó en ella más de lo que quería admitir, y ella lo sostuvo con