Los días siguientes al mensaje de Jackson fueron una pesadilla de la que no podía despertar. La imagen de William caminando por el aeropuerto de Ginebra acompañado de una mujer se había instalado en mi cabeza como una astilla de cristal que se clavaba más hondo cada vez que intentaba ignorarla. No sabía quién era ella. No sabía si era Laura, si era Beatriz, si era alguien que había conocido durante su estancia en Suiza. Solo sabía que había estado con él, que había estado a su lado, que quizá s