La noche cayó sobre Ginebra como un manto de terciopelo oscuro, y las luces del lago se reflejaban en los ventanales de la habitación del hospital como estrellas fugaces atrapadas en el cristal. William llevaba horas despierto, mirando el techo blanco, repitiendo en su cabeza el nombre que había aparecido en el teléfono de Isabel una y otra vez, como un mantra que no lograba recordar del todo pero que se negaba a desaparecer.
Helena.
Helena García.
Su prometida.
La mujer con la que iba a casars