La noche había caído sobre Madrid como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, pero su luz apenas se filtraba por los ventanales de la habitación donde Lenna y Juan Diego estaban acostados, abrazados, en la penumbra. El silencio era denso, apenas roto por la respiración profunda de Diego, que dormía plácidamente en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila. La luz de la luna entraba por la ventana, pintando las pa