El regreso al ático tras el incidente del estacionamiento se desarrolló en un silencio sepulcral, denso y cargado de una hostilidad silenciosa que parecía consumir el oxígeno del ascensor privado. Las puertas metálicas se abrieron y Emma entró arrastrando los pies, exhausta, sintiendo que el peso de los diamantes en su cuello era ahora el de una cadena invisible. Se descalzó sin mirar a Leonardo, dejando que los tacones cayeran sobre el suelo de madera oscura, y caminó hacia el centro de la gran sala de estar, donde las luces automáticas se encendieron de manera tenue, bañando el mármol de una calidez estéril.Leonardo entró justo detrás de ella, pero no se dirigió al bar como solía hacerlo. Se quitó la americana del esmoquin, arrojándola sobre uno de los sillones de cuero, y comenzó a desabotonarse los puños de la camisa blanca con movimientos bruscos, casi violentos. Su mandíbula permanecía tan apretada que los músculos de su rostro parecían esculpidos en piedra.—Gabriel ya está co
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