La Sala del Trono de Cristal resplandecía bajo la suave iridiscencia de las lunas gemelas, su luz filtrándose a través de los paneles translúcidos que formaban sus imponentes paredes. Era un espectáculo de belleza etérea, pero la atmósfera que flotaba en su interior era densa, cargada de una mezcla palpable de expectación, tensión y una determinación creciente. Valeriah, la Reina, ocupaba su lugar al frente de la mesa de consejo, su figura proyectando una sombra de autoridad inquebrantable. A su lado, Lairael, su hijo, dormía en una cuna mágica que suspendía suavemente al pequeño en un halo protector, una visión de inocencia y futuro que contrastaba bruscamente con la sombría realidad que se disponían a enfrentar.El Alfa Bray, padre de Valeriah y una vez su adversario, ahora se sentaba a su derecha, su rostro surcado por nuevas líneas de preocupación, pero también de una lealtad férrea y redimida. A su izquierda, Orión, el Beta de Valeriah, un lobo imponente y de confianza, mantenía
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