Esa noche, Kai entró en los aposentos de Sara como una tormenta silenciosa. No hubo caricias, no hubo besos, no hubo palabras dulces. La encontró sentada, esperándolo con esa mezcla de esperanza y miedo que siempre llevaba.Sin decir una sola palabra, él se acercó y la empujó bruscamente contra la cama. Le rasgó la ropa con una facilidad insultante, exponiendo su piel, su cuerpo, todo lo que ella le ofrecía con tanta ansia.—Ábrete —ordenó con voz ronca y distante—. Y no te muevas.Sara sintió vergüenza y un extraño placer perverso al ser tratada con tanta crudeza. Creyó que por fin la deseaba, que por fin era suya. Pero pronto se dio cuenta de la cruda realidad: Kai no la miraba a los ojos. Su mirada era vacía, perdida en un punto invisible, o peor aún, cerrada, visualizando a otra.La penetró con fuerza, seca y brutalmente, sin importarle si ella estaba preparada o si dolía. Era un acto mecánico, animal, puramente funcional. La usaba como se usa un recipiente, como se usa una herram
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