Eran casi las once de la noche y la sala de trabajo estaba en esa penumbra particular de Mónaco, cuando el lujo visible se apaga y solo quedan los reflejos del puerto sobre los ventanales. Adriana había terminado de revisar la respuesta legal al artículo con el abogado por videoconferencia, y Franco llevaba desde las nueve leyendo el último informe de Damián sobre la reunión de Tomás con el consejo del fideicomiso. Había pasado páginas, había subrayado dos nombres y había hecho tres anotaciones