146. Un regalo manchado de rojo
El pomo de la puerta del despacho giró lentamente hacia abajo. La gruesa puerta de madera se abrió con un suave chirrido. Bianca contuvo la respiración, oculta tras la espalda de su marido. Su corazón latía desbocado, golpeando con fuerza contra sus costillas. Daniel sostenía su pistola con ambas manos, manteniendo un pulso extraordinariamente firme.Alguien dio un paso hacia el interior de la habitación. No era un asesino a sueldo vestido de negro. Un mensajero estaba de pie, temblando, en el umbral de la puerta. El joven llevaba un uniforme de una empresa de logística internacional. Su rostro estaba tan pálido como una hoja de papel en blanco. En sus manos sostenía una caja de madera de color negro azabache.Daniel no bajó su arma en ningún momento.—Deja esa caja en el suelo —ordenó Daniel con suma frialdad.El mensajero tragó saliva, aterrorizado.—S-solo me ordenaron que la entregara directamente en este despacho, señor —tartamudeó el joven.—Déjala ahora mismo o te volaré la cab
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