POV de NINAHabía pasado una semana desde que llegamos a la casa del acantilado, y el tiempo en la Bretaña parecía haberse detenido en un ciclo eterno de niebla y salitre. Mi vida se había reducido a tres cosas: asegurar que Mateo se adaptara a su nueva libertad, organizar nuestra precaria despensa y, lo más difícil de todo, ignorar la presencia del hombre que vivía en el taller del jardín.José, o Marc, como debía llamarlo ahora frente a los pocos pescadores que pasaban por el sendero, se negaba a quedarse quieto. A pesar de que su herida apenas estaba cerrando, lo veía desde la ventana de la cocina cada mañana, trabajando con una tenacidad que rayaba en la autopunición.Esa tarde, una lluvia fina y persistente comenzó a caer, tiñendo el cielo de un gris plomo. Salí al porche con una chaqueta de lana, buscando a Mateo, pero lo que vi me detuvo el corazón. José estaba subido a una escalera vieja, reparando una de las canaletas del tejado. Estaba empapado. No llevaba camisa; el vendaje
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