POV de NINAEl silencio en el Riad era una criatura viva, pesada y sofocante. Las paredes blancas de la casa, que antes me parecían un refugio de jazmín, ahora se sentían como el perímetro de una celda. José estaba en el patio central, limpiando metódicamente las piezas de la Beretta bajo la luz azulada de la luna marroquí. El sonido metálico del percutor encajando en su sitio era el único latido de la noche.—Hugo dice que lo han visto en el puerto. Un hombre con una cicatriz en el cuello que no habla con nadie —dije, rompiendo el silencio desde la galería superior.José no levantó la vista. Sus dedos se movían con una precisión mecánica, casi inhumana. —El Carnicero no es un hombre, Nina. Es una herramienta de mi padre. Y las herramientas no piensan, solo ejecutan.—¿Y tú qué eres ahora, Jose? —bajé las escaleras, mis pasos descalzos resonando en el mármol frío—. ¿Otra herramienta? Te veo ahí sentado, preparándote para matar, y ya no reconozco al hombre que me abrazó en la Bretaña.
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