Capítulo 28. La marca
—¿Crees que cuidarme borrará tus pecados por haber huido de mí durante seis años, Ava? —la voz de Dominic Moretti sonó ronca, quebrando el silencio de la habitación principal del apartamento de Avery, que daba directamente a las luces titilantes de París.Dominic yacía rígido, la espalda sostenida por un montón de almohadas; su brazo derecho, envuelto en yeso y gruesas vendas, pesaba como una piedra. Su rostro, que normalmente irradiaba una autoridad imponente, ahora lucía pálido, con la mandíbula sombreada por una barba incipiente que acentuaba su aire masculino.Avery permaneció serena junto a la cama, ignorando la punzada de aquel comentario. Exprimió una pequeña toalla dentro de una palangana de cristal llena de agua tibia. Un vapor tenue se elevó en el aire, llevando consigo el aroma penetrante del antiséptico, mezclado con el olor propio de Dominic.—No quiero deberte nada. Te cuido porque salvaste a mi hijo, no porque quiera pedirte perdón —respondió Avery con frialdad.Apoyó l
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