Capítulo 30. El aroma de la lluvia en Florence
—No puedes comprar un recuerdo que tú mismo quemaste, Dominic.
Avery estaba de pie en el balcón de su apartamento, con una taza de café ya frío entre las manos. Su voz era plana, pero afilada como un cuchillo que corta lentamente. La mañana parisina estaba envuelta en una ligera neblina, pero el frío que sentía Avery no provenía del aire, sino de lo profundo de su pecho.
No se volvió cuando escuchó los pasos firmes de Marco acercándose desde el pasillo.
Sobre la pequeña mesa de la sala, un desa