Melani Fernández Miré a la empleada, buscando ayuda, pero la mujer permanecía de pie junto a la puerta, con los ojos fijos en el suelo, cumpliendo órdenes de no intervenir. No tenía idea de las proporciones ni de los gustos personales, así que pregunté: —¿Cuánta azúcar toman? —La señora Fatma lo toma medio, señorita. Las hermanas, amargo —respondió secamente, sin moverse. Intenté recordar lo poco que había observado en los cafés de Nişantaşı. Mezclé el agua, el café y el azúcar en frío dentro del cezve, tal como supuse que se hacía, y lo puse al fuego. Esperé, pero el calor fue demasiado rápido. El líquido subió de golpe y, por el temor a que se derramara, lo aparté de inmediato. Al ver el resultado dentro de las pequeñas tazas de porcelana, supe que algo andaba mal: el café estaba plano, aguado y no tenía rastro de esa espuma espesa que siempre veía en los restaurantes de Estambul. Lo primero que pensé fue en botarlo, pero Ayşe negó con la cabeza. Luego me dije: «aquí
Ler mais