Marina despertó en compañía de Ofelia, la miró y recordó todo lo ocurrido un día antes; su corazón se estrujó, el dolor volvió. De pronto, reaccionó y se percató de que se había quedado completamente dormida, dejando de lado a sus hijas. —¡Dios! —dijo en voz alta. —¿Qué… ¿Qué sucede, señora? —¡Ofe! ¡Perdón! Pe… Pero me quedé completamente dormida, no les di de comer a mis niñas, se me fue todo. —dijo Marina sintiendo un gran nudo en la garganta. Ofelia la miró y sí, era verdad, Marina se había quedado completamente dormida; el té la había relajado tanto que se la había pasado durmiendo y, cuando no lo hacía, sollozaba tal cual chiquilla perdida. —¡Tranquilícese, señora! Ayer yo les di de comer a las niñas, las arropé y cuidé que no sucediera nada entre ellas. —¡Ofe! ¡No estoy nada bien! ¿Cómo pude olvidarme de mis niñas? ¡Ellas son mi mundo! No debería estar así, tengo todo lo que me importa aquí, ¿Por qué me pasa esto? —dijo Marina con gran culpabilidad. —Ya, ya, señora, trate
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