Lina se despertó a regañadientes. Cuando recién comenzó ese trabajo, le encantaban ese tipo de eventos, pues podía codearse con personas de la farándula, uno que otro artista, uno que otro galán de novela y cosas así, pero, una vez que supo que aquellos hermosos especímenes estaban restringidos bajo contrato, aquellos eventos le dejaron de ser tan interesantes. Como pudo, la mujer se deslizó a la bañera, dejó que el agua se llevara su somnolencia y cansancio, su desvelo y pocas ganas de existir hoy; los pies aún le punzaban, más bien, los talones. Eso de caminar: “punta, talón, punta, talón” era cosa de admirar, pero también de pensarse más de una vez. Con pesar terminó de arreglarse lo mejor que pudo, salió para la oficina y, al llegar, se topó con algo que no hubiese imaginado. —¿De… ¿De quién es esto? —preguntó Lina a su joven asistente. —Es para usted, señorita Salas… Lo trajo, déjeme ver, déjeme ver… ¡Ah! ¡Sí! Lo trajo un tal Alessandro Vélez… —dijo la chica con orgullo, pues
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