—¿Qué dices? No… ¡Imposible!La voz de la mujer salió rota, incrédula, como si al pronunciar esas palabras pudiera deshacer lo que acababa de escuchar. El aire en la habitación se volvió denso, pesado, casi irrespirable. El ambiente estaba cargado de una tensión fría que parecía adherirse a la piel.De pronto, Sonia Belmont se acercó a ella con movimientos firmes. Sin previo aviso, tomó su mano con una fuerza inesperada. Sus dedos se cerraron alrededor de su piel con una presión calculada, casi cruel. No había duda en su gesto: había control, dominio, intención.La mujer la miró con miedo, sintiendo cómo el aire se le escapaba del pecho.—¡¿Qué haces?! —gritó, intentando liberarse.Pero Sonia no respondió. Su expresión permanecía impasible, endurecida por una determinación que no dejaba espacio a la discusión. Solo giró la cabeza con brusquedad hacia los guardias que esperaban en silencio, como si ya supieran cuál era su papel en todo aquello.—Llévensela —ordenó con voz fría.En ese i
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