Cedric se puso en pie con una agilidad felina. Sus movimientos, que hasta hace apenas unos minutos habían sido lentos y cargados de una devoción casi reverente, se volvieron precisos, militares, despojados de cualquier rastro de duda. Sus manos buscaron sus pantalones deportivos, deslizándose en ellos con una rapidez mecánica mientras su mente ya estaba afuera, analizando el perímetro. Sus oídos, agudizados por su naturaleza lobuna, habían captado una disonancia en la noche. Un silencio antinatural que rodeaba la mansión, se volvió hacia Kilani. Su mirada, que hace instantes era cálida, ahora era el reflejo de una autoridad helada. —Quédate aquí —sentenció él, su voz era un tono bajo pero con una firmeza que no admitía réplicas. Kilani lo miró con algo que superaba el miedo. Era intuición. Una comprensión visceral de que, aunque Cedric estuviera allí, físicamente presente, su mente ya estaba librando una guerra. —Cedric… —su voz fue un hilo, una súplica muda por seguridad. É
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