William Russo no me quita los ojos de encima. Es un hombre alto, fornido y tiene una presencia que impone respeto. Es muy apuesto y, a simple vista, se deja ver que es muy meticuloso con su aspecto físico y estético. Sus manos están perfectamente cuidadas, su cara es perfecta, marcada y angulosa. Su barbilla partida le da un aire sensual, pero la frialdad de sus ojos, lo calculador que está siendo en este momento, mata todo lo bonito que puede mostrar. La sonrisa que me ofrece es, en cierta forma, delicada y agradable. Solo que sé que no lo es."Entre diablos nos vemos los demonios." Se me vino a la mente la frase de una excelente autora latina, y cuánta razón tiene.—Buenos días, Bella Roisin. Te ves preciosa esta mañana —dice con la voz gruesa, pero sin sonar extraño—. Me gustaría hablar contigo después del desayuno. Pensaba quedarme unos días aquí, pero tu padre me ha resuelto el problema con mi mudanza. Claro, si me lo permites. No quiero parecer atrevido.Peter ejerce un poco más
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