El anciano sonríe, como si su mente se hubiera trasladado a esa época. Declan suelta una carcajada grave, y Edward lo acompaña. No se me escapa el detalle de que este hombre es quien tiene el control de Chicago. Justo a donde Peter dijo que se iría. Hasta que su reemplazo esté listo en unos meses. —Y espero que sea pronto, porque después de tantos años, me lo merezco —dice Edward con una sonrisa cansada. Sus ojos, a pesar de la edad, todavía brillan con vida—. Declan, espero que no haya tomos como una ofensa la demora de mi nieta. Me avisaron hace un momento que su auto tuvo un inconveniente, pero ya está en camino. Ya sabes cómo son estas rutas tan alejadas de la ciudad. Tomo nota. A mi padre no le gusta que lleguen tarde. Y llegar tarde, aquí, es una falta de respeto. Disimuladamente, busco con la mirada a Peter. No está. Se supone que es el heredero de mi padre. ¿No debería estar a su lado en este tipo de eventos? No me siento cómodo rodeado de tantos hombres. Y mucho menos
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