El aire de la Toscana seguía siendo cálido, pero para Ava, el mundo había cambiado de eje. El viaje de regreso desde el hospital de Florencia había sido un desfile de emociones a flor de piel. Sentada en el asiento del copiloto, con el cuerpo aún algo dolorido pero el corazón desbordante, miraba de reojo a Lucas. Él conducía con una concentración absoluta, como si el asfalto fuera cristal y el coche llevara el tesoro más frágil del universo.En el asiento trasero, en una silla de seguridad que parecía demasiado grande para su tamaño, descansaba Elias. El pequeño guerrero había ganado peso, sus pulmones eran fuertes y, tras semanas de angustia en neonatología, finalmente respiraba el aire de su hogar.—¿Estás bien, pecas? &
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