El primer lunes de septiembre en la Toscana amaneció con una neblina plateada que se enredaba entre los cipreses, pero dentro de la villa, el caos era vibrante y lleno de vida. Valeria, con una mochila nueva sobre los hombros y el uniforme del instituto local impecablemente planchado por Maria, caminaba de un lado a otro del salón. Sus dedos jugueteaban con las correas de la mochila, y su rostro, ahora más lleno y saludable, reflejaba una mezcla de terror absoluto y una esperanza que intentaba ocultar tras su fachada de adolescente fuerte.Lucas estaba en la puerta, revisando su reloj de pulsera con la precisión de un cronómetro de juzgado, mientras Ava terminaba de acomodar a Elias en su portabebés.—Valeria, si das una vuelta más en círculos, vas a desgastar la alfombra de Giuseppe —
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