El otoño había teñido las colinas de la Toscana de un dorado cobrizo y un rojo profundo. La villa de los King respiraba una calma inusual esa tarde. En el jardín, el pequeño Elias, que ya correteaba con paso firme, intentaba imitar los saltos de Custode, mientras Valeria, sentada en el banco de piedra con su guitarra, tarareaba una melodía suave, vigilando al niño con el instinto protector que ya era parte de su esencia.Dentro, en la calidez del salón principal, Ava descansaba en el sofá con los pies en alto. Su vientre, notablemente abultado por el embarazo de los trillizos, era el centro de todas las miradas y atenciones de la casa. A su lado, Lucas revisaba unos documentos legales de la producción de vino, pero su mano libre no dejaba de acariciar la curva de la panza de su esposa, conectándose con el latido de las tres vidas que crecían allí dentro.El sonido de una motocicleta interrumpió la paz del valle. Era el cartero del pueblo, quien subió la colina a paso lento y le entreg
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