VALERIAEl amanecer llegó sin piedad, filtrándose por las cortinas como un recordatorio de que la noche había terminado y la realidad seguía intacta.Desperté cerca de las nueve. Mi cuerpo estaba pesado, la mano vendada me dolía sordamente, y en mi cabeza aún resonaban las palabras de Sofía, las confesiones de Damián, el fantasma de Samuel recorriendo cada rincón de mis pensamientos.Me incorporé con esfuerzo y caminé al baño. El agua caliente cayó sobre mi piel como una bendición, llevándose parte de la tensión, aunque no los recuerdos. Observé mi mano bajo el chorro: la venda resistía, el dolor era soportable. Por fuera, al menos.Al salir, me vestí con ropa cómoda y bajé a la cocina a preparar mi desayuno, tenía antojos de arepa con huevo, queso costeño, jugo de corozo y un café negro y fuerte. Mamá siempre decía que un buen desayuno curaba cualquier tristeza. Hoy necesitaba creerle.Comí despacio, saboreando cada bocado, intentando no pensar. No mirar hacia las ventanas. No pregun
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