VALERIACartagena huele a sal, a historia, a vida.Despertar aquí es como hacerlo dentro de una postal. La luz entra por los ventanales de la habitación principal, dibujando sombras cálidas sobre las paredes de cal. El rumor del mar llega amortiguado, mezclado con el canto de las gaviotas y el eco lejano de la ciudad que despierta.A mi lado, Damián aún duerme. Lo miro un momento. La forma en que la sábana le cubre medio pecho, la paz de su rostro cuando no está planeando, no está negociando, no está siendo el hombre de negocios que todos conocen. Aquí, en esta cama, es solo Damián. Mi Damián.Sonrío y me escapo de las sábanas sin hacer ruido.La casa colonial es un sueño hecho realidad. Arcadas de piedra, patios interiores con buganvilias, una fuente en el centro que canta con el agua. Y los planos… Dios, los planos. Extendidos sobre la gran mesa de madera en lo que será nuestro estudio, esperando que les devuelva la vida.Pasó los dedos sobre el papel. Cada línea, cada medida, cada
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