VALERIABajo la mirada. No puedo sostenerla. No puedo verlo así, roto, y seguir entera.Mi silencio lo dice todo.Entonces se aparta de la mesa y camina hacia la salida con paso firme, sin mirar atrás.Me quedo inmóvil unos segundos.—¡Samuel! —grito, pero mi voz es un susurro comparada con el eco de sus pasos alejándose.Me levanto de golpe. La silla se tambalea detrás de mí. Las miradas de todos me taladran: mi padre, confundido; Andrés, con esa sonrisa que ahora entiendo; Hugo y Bernardo, incómodos; los abogados, impasibles.La de Damián, especialmente tranquila.—Siéntate, Valeria —dice, en voz baja pero firme. Una orden disfrazada de sugerencia—. ¿A dónde crees que vas?Por primera vez lo miro y no veo al hombre que planeó todo esto.—¿Por qué lo haciciste? —pregunto, y mi voz tiembla, pero no de miedo.—¿De qué hablas? —responde, con una calma que me enfurece—. Es lo que querías, casarte conmigo ¿o no?Mi mano vuela y conecta con su mejilla. La bofetada resuena en el salón como
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