SAMUELLlegamos a casa después del hospital. El viaje fue silencioso, tenso, con el peso de todo lo que aún no se había dicho. Valeria iba a mi lado, con la mano apoyada en mi pierna, los ojos cerrados, la respiración profunda y su cabeza recostada en mi hombro. Al llegar en la entrada de la casa, nos esperaban, mi madre y Andrés.Estaban junto a la entrada, con los brazos caídos, las miradas bajas, como si no supieran cómo mirarnos. Los chicos y Sofía se adelantaron.—Por favor, habal con ellos— pidió Valeria adelantándose para entra. Marco la acompañó.—Escúchalos muchacho— dice Marco.Me quedé frente a ellos, con las manos vacías, con el corazón lleno de preguntas que ya no quería hacer.—Samuel —dijo mi madre, y su voz era apenas un hilo—. Necesitamos hablar.—Habla —respondí, y la palabra me salió más fría de lo que pretendía.—Nos vamos del país —dijo Andrés, y su voz fue más firme de lo que esperaba—. Necesitamos empezar de nuevo. Lejos.—¿Y esperan que me ponga triste? —pregun
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