VALERIALa sala de partos es blanca, fría, llena de máquinas y monitores que parpadean con luces verdes y rojas. Estoy en la cama, con las piernas levantadas, con los dedos agarrados a las sábanas blancas que ya están arrugadas por la fuerza de mis manos. El sudor me empapa la frente. El cabello se me pega en la nuca. El dolor es como una ola que sube y sube, que no me deja respirar, que no me deja pensar.—Duele —digo, y el dolor me retuerce el rostro. Mis ojos se cierran. Mis dientes se aprietan. Mis piernas tiemblan.—Lo sé —dice Samuel, y toma mi mano con una firmeza que me ancla a la realidad—. Pero tienes que ser fuerte.—Dos semanas antes —digo, y la palabra me sale con un hilo de voz—. El bebé se quiere adelantar. No está listo. Yo no estoy lista.—Va a estar bien —dice Samuel, y me abraza. Su pecho es un refugio. Su voz es un bálsamo. Su presencia es todo lo que necesito.El médico entra. Es una mujer mayor, de pelo canoso recogido en un moño apretado, de ojos dulces que han
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