El ascensor de Torre Zahr no tenía música. No tenía vibración tampoco. Subía treinta y ocho pisos con una precisión tan silenciosa que la única manera de saber que se movía era por el número que cambiaba en la pantalla.Miré el número. Miré la ropa que llevaba: lo mejor que había conseguido sacar de la mochila, colgada en el baño del hotel dos días para que se destensara. No era lo mejor. Era lo menos arrugado.Me llevé la mano al cuello. El gesto automático. El metal que no estaba. Lo solté antes de que el ascensor abriera.La recepcionista del piso 38 no sonrió, pero tampoco fue hostil. Eficiencia pura: me pidió el documento, me dio un gafete de visitante, me indicó la sala con un movimiento de cabeza que no necesitó palabras.La sala de espera no era lo que había imaginado. Sin cuadros, sin plantas, sin la decoración de las empresas que quieren parecer más grandes. Solo materiales buenos usados con precisión: una mesa, cuatro sillas, una ventana de vidrio sin marco que hacía que el
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