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El primer día del resto de mi guerra

El ascensor se abre con el mismo sonido de ayer.

Un clic suave. Mecánico. La diferencia es que ayer era visitante. Hoy trabajo aquí.

Piso 38. 6:55 AM.

Llevo la misma mochila de obra del viernes. La ropa menos arrugada que encontré en el hotel. El cabello recogido con la goma que uso cuando necesito que nada me distraiga.

La recepcionista me da el gafete sin sonreír. Protocolo puro.

—Irina Vargas. Ingeniería técnica. Área común, tercer cubículo a la izquierda.

—Gracias.

Camino con la postura que aprendí en las obras: espalda recta, paso firme, como si supiera exactamente a dónde voy aunque no tenga idea.

El área técnica es un espacio abierto con cubículos de vidrio. Paredes transparentes que no ocultan nada. El mío tiene vista a la Costanera. Más específicamente, a la obra del proyecto norte.

El edificio donde detecté el error hace dos días.

Dejo la mochila bajo el escritorio. Enciendo la computadora. La pantalla tarda tres segundos en cargar.

—¿Eres la nueva?

Me doy la vuelta.

Un hombre joven. Veintipocos. Cabello despeinado que no es descuido sino rendición ante algo rebelde. Lleva una taza de café en una mano y un lápiz detrás de la oreja que claramente olvidó que estaba ahí.

—Sí.

—Mateo. —Extiende la mano libre—. Ingeniero junior. Bueno, todos somos junior aquí hasta que Zaid decide que no lo somos.

Le doy la mano. Firme. Dos segundos.

—Irina.

—Ya sé. La que encontró el error del bloque norte en cuatro minutos. —Sonríe—. Eso te convierte en leyenda o en amenaza. Todavía no decidimos cuál.

—¿Quién es «decidimos»?

—El equipo. —Señala con la taza hacia el resto del área—. Torres odia que le corrijan. Nadia te respeta pero no confía todavía. Yo solo quiero ver si eres tan buena como dicen.

Lo miro.

—¿Y si lo soy?

—Entonces voy a pedirte ayuda con los cálculos de distribución de carga del sector C, porque llevo tres días atascado y mi orgullo ya no vale tanto como mi plazo de entrega.

Me río. Suave. Casi sin querer.

Es el primer sonido genuino que hago desde que entré a este edificio.

Mateo sonríe también.

—Bien. Eso significa que no eres un robot. Torres apostó a que sí.

—Dile a Torres que pierda mejor.

La mañana transcurre en silencio productivo.

Reviso los protocolos de obra. Leo los informes técnicos del último trimestre. Encuentro tres errores menores que no señalo todavía. Estoy aprendiendo cuándo hablar y cuándo guardar.

A las once, Mateo me trae café sin que lo pidiera.

—Azúcar, no leche. Adiviné.

—Bien adivinado.

—Tengo hermanas. Aprendí a leer caras.

Me quedo con la taza entre las manos. El calor atraviesa la cerámica. Lo sostengo más tiempo del necesario.

El café huele fuerte. Demasiado fuerte.

El estómago hace un movimiento que reconozco. Seis semanas. Las náuseas matutinas vienen en oleadas impredecibles.

Dejo la taza sobre el escritorio. Respiro por la nariz.

Mateo no lo nota. Ya volvió a su cubículo.

A las tres de la tarde me levanto.

El pasillo central cruza el piso 38 de extremo a extremo. A la derecha, los cubículos. A la izquierda, los despachos cerrados.

Al fondo, la oficina esquinera.

La puerta está abierta.

Camino despacio. Como quien va al baño y pasa de casualidad. Nadie mira. Nadie pregunta.

Me detengo frente a la puerta. Medio segundo.

El despacho está vacío.

El escritorio: despejado. Una taza. Papeles ordenados en un solo stack. Una laptop cerrada.

Nada más.

Busco con los ojos. La superficie limpia. El cajón lateral cerrado. La ventana detrás con vista completa a la ciudad.

No está.

La cadena no está.

Respiro.

Quizás fue una ilusión. La luz del sol en el momento exacto. El cansancio de haber dormido cuatro horas en un hotel con aire acondicionado roto.

Quizás nunca estuvo ahí.

Sigo caminando.

A las cinco y media, la computadora hace un sonido.

Correo nuevo.

De: Nadia Cortés

Para: Irina Vargas

Asunto: Solicitud SR. AL-RASHID

Irina,

El Sr. Al-Rashid revisó su corrección del bloque norte. Solicita un informe completo del sector para el viernes. Adjunto especificaciones técnicas requeridas.

Saludos,

Nadia

Leo el correo dos veces.

Abro el archivo adjunto. Cinco páginas de especificaciones. Nivel de detalle que solo alguien que entiende de estructuras podría pedir.

Esto no es una prueba.

Es una invitación a demostrar si lo de los cuatro minutos fue suerte o método.

Cierro el archivo.

Abro mi cuaderno. El físico. El que llevo en la mochila desde la universidad.

Escribo en la esquina superior de una página limpia:

Zaid Al-Rashid.

Letra pequeña. Precisa. La misma que uso para anotar cargas y coeficientes.

Lo miro.

El nombre completo del hombre que tiene treinta y ocho pisos de edificio, un equipo de ingenieros senior y, posiblemente, la cadena de mi padre en algún cajón que todavía no ubico.

No siento nada reconocible.

Ni ira ni miedo ni atracción.

Solo un dato más en el sistema.

Cierro el cuaderno.

Lo guardo.

A las seis y cuarenta me levanto para irme.

El área técnica está casi vacía. Mateo se fue hace una hora. Torres sigue en su cubículo, pero con los auriculares puestos.

Cierro la laptop.

La pantalla se apaga.

Y en el reflejo negro —ese segundo en que el vidrio todavía no es completamente opaco— veo movimiento.

Detrás de mí.

En el pasillo.

Alguien cruza. De izquierda a derecha. Sin apuro.

La postura.

El traje oscuro.

El paso que no necesita confirmar que todos lo están mirando porque ya lo sabe.

No me doy vuelta.

Cuento. Uno. Dos.

Cuando giro la cabeza, el pasillo está vacío.

Pero la nuca me arde.

Como si treinta centímetros de distancia hubieran sido contacto.

Como si el aire entre los dos hubiera cambiado de temperatura sin que ninguno de los dos estuviera en la misma habitación.

Tomo la mochila.

Salgo.

En el ascensor, sola, bajo los treinta y ocho pisos en silencio absoluto.

Y cuando llego al lobby, llevo la mano al cuello.

El gesto automático.

El metal que no está.

Lo bajo antes de que alguien lo vea.

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